De botella vacía a vela, en siete pasos. Sin moldes y sin prisa, enseñando de dónde viene el vidrio en vez de disimularlo.
Te contamos los siete pasos, sin adornos.

Recogemos botellas de vino tras su primera vida y elegimos las que tienen buen vidrio y carácter. No es un descarte: es el punto de partida.
Separamos la mitad inferior de la botella con un corte limpio y preciso. Cada tipo de vidrio se comporta distinto, así que el corte se ajusta pieza a pieza.
Rebajamos y pulimos el borde a mano hasta dejarlo suave y seguro, con tacto de cristalería. Y conservamos la picada, el culo de botella, a la vista: es la firma de que el vidrio se rescató.
Por dentro, el culo de la botella es hondo. Si dejáramos ese hueco, la cera se acumularía desigual y la última capa ardería mal, casi líquida. Por eso cortamos un poco más arriba y nivelamos el interior con una base de escayola: por fuera se sigue viendo la picada —nuestra firma—, y por dentro queda un fondo plano para que la vela arda limpia y pareja hasta el final.
Colocamos una mecha de algodón, centrada y a la altura justa, para una llama estable y una combustión pareja de principio a fin.
Vertimos cera 100% vegetal a la temperatura exacta, para una superficie limpia, una difusión aromática cuidada y una vida larga de la vela.
Perfumamos cada vela con fragancias seleccionadas: florales, amaderadas, cítricas o especiadas, para que cada aroma cuente algo. O la dejamos sin aroma, en su versión Original.
El tono del verde, la altura, el grosor de la picada: cambia de una botella a otra. Por eso ninguna sale idéntica. Perfectos imperfectos.
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